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Atraídos por el agua de Bilbao

Bilbao ya es miembro de pleno derecho del grupo de ciudades preferidas por los turistas para estancias cortas. A falta de conocer los datos que arroje el puente de la Inmaculada, basta darse una vuelta por el centro de la villa y hacer unas cuantas preguntas para constatar que son muchos los que nos visitan estos días. El aeropuerto de Loiu registra un 5 por ciento más de actividad que el año pasado por estas fechas y también llegan más trenes y autobuses.Terra. Los hoteles confiesan un índice de ocupación del 90 por ciento. Sus huéspedes hacen cola por la mañana a la puerta del Guggenheim o el Museo de Bellas Artes, comen a mediodía pintxos por el Casco Viejo y llenan por la noche los restaurantes y los bares de copas. No se quedan más que un par de días, que emplean en ‘patear’ la ciudad y en acercarse hasta el Puente Colgante y los pueblos con más solera de la costa.

Agazapados bajo los paraguas, cuesta distinguir a los turistas de los vecinos. Quizá porque no se ven grandes grupos hablando en inglés o alemán. Este puente, la capital vizcaína recibe sobre todo turismo del estado, familias y parejas que están ‘encantadas’ de haber venido. A pesar de la lluvia, porque ‘en Bilbao hasta el ‘sirimiri’ tiene su encanto’, dicen los que están de vacaciones. Algunos se prestaron a relatar a este periódico por qué han elegido la villa para pasar el puente.

Tres generaciones de una familia barcelonesa ‘aguantaban’ el chaparrón matutino de ayer acomodados en la cafetería del museo de titanio. ‘Nos enteramos de que el Guggenheim cumplía diez años y nos pareció la excusa perfecta para acercarnos’, confía Mercedes Castillá. En apenas unos días, ha contagiado a toda la familia -sus padres, su marido y sus hijos- las ganas de visitar Bilbao. En su ‘planning’ turístico, por la tarde tocaba acercarse hasta Portugalete. Ferrán Masabeu, marido de Mercedes, conoció la ‘joya’ de la margen izquierda de niño y tenía curiosidad por volver, ‘más ahora que es Patrimonio de la Humanidad’. Horas más tarde, reconocían que la escapada a la villa jarrillera había cumplido sus expectativas. ‘Sólo llevamos un día, pero yo ya he recomendado a mis amigas que vengan. Alguna ha hecho la reserva para Reyes’, comentaba Nuria Ginebrosa, ‘la abuela’. Ella ya se acercó hasta aquí hace veinte años y ahora encuentra la ciudad ‘irreconocible’. Tras un paseo por Las Arenas, la familia regresaba a su hotel, en el centro de Bilbao.

Catalanes y madrileños son mayoría en el grupo de turistas que visita estos días la ciudad. Gente de mediana edad y jóvenes como la pareja de catalanes formada por Sandra Ortigosa y Ricard Badía, de 19 años. Lo suyo es un viaje concebido a salto de mata, aunque, casi sin quererlo, repiten los mismos esquemas que el resto. ‘Hemos venido a ver lo típico’, explicaban a la salida del Guggenheim. ‘Iremos a Lekeitio, Gernika, Bermeo… y buscaremos algo para dormir allí’. A mediodía aún no habían hecho la reserva para la noche, pero no les preocupaba. Tampoco el mal tiempo les trae de cabeza. ‘En Bilbao no importa que llueva. Incluso le da más encanto’.

Las madrileñas hermanas Lozano ya venían avisadas sobre ‘el frente frío’. Aquí les esperaban unos familiares con los que recorrerán hasta mañana los rincones más emblemáticos del País Vasco. Su programa para estos días pasa por dedicar las mañanas al turismo -‘tenemos pensado ir al Museo de Bellas Artes y también a Hondarribia’- y las tardes a la familia.

Aunque no es lo más habitual, grupos grandes también pasean por el ‘botxo’. Los mallorquines Joana Abrines, Joan y Pep Garau y otros cinco amigos llegaron el jueves por la noche en coche y a primera hora de ayer preparaban el plan para la jornada. Ellos también se han rendido ante el ‘fenómeno Guggenheim’ e incluyeron en su itinerario el bosque de Oma y Gernika. ‘Ahora sólo falta que alguien nos indique por dónde salir de noche’.

A Mike Allen, estadounidense -y casi una excepción entre la ‘troupe’ de visitantes que pasan el puente de la Inmaculada en la ciudad-, no le interesan los planes nocturnos. Ha atravesado el Atlántico para reencontrarse con un viejo amigo y su socio de negocios. Claro que esta vez la visita a Bilbao -la segunda- tiene otros alicientes: la exposición de pintura americana que exhibe el Guggenheim y la gastronomía. ‘Me encanta la comida vasca’.

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